Dr. Ariel Cariaga Martínez

Todo lo nuevo genera, instintivamente, miedo. Es una reacción natural y ante ella mi opción (casi siempre) suele ser zambullirme en el cambio. Viviendo en un pequeño pueblo de una pequeña provincia de Argentina, tuve la oportunidad de graduarme en una carrera apasionante: la bioquímica. Lo que debería haber sido un camino profesional sin grandes movimientos (conseguir un contrato, trabajar en el área clínica y dedicarme a la docencia) se transformó en un salto a Europa, y más concretamente a España. Muchas opciones surgieron en aquella etapa crucial, pero al final primó una: la de conocer y la de vivir nuevas experiencias, buscando mi camino científico. No sin miedo subí a un avión por primera vez en mi vida a los 23 años para embarcarme en proyectos desconocidos, en tierras desconocidas y a miles de kilómetros de lo que consideraba “mi lugar”.

Ese proyecto desembocó en un doctorado en biomedicina, publicaciones internacionales, congresos y proyectos de investigación. Pero la Ciencia es colaboración, así que también tuve la oportunidad de trabajar en Cold Spring Harbor Laboratory, en Nueva York, probablemente uno de los laboratorios más conocidos del mundo, considerado como la “casa” del premio Nobel James Watson, descubridor del modelo de la doble hélice del ADN. Más tarde, también tuve la oportunidad de aplicar mis conocimientos científicos tanto en centros públicos como privados, como el Centro Nacional de Biotecnología (de referencia en desarrollos biomédicos aplicados) o desarrollarme en iniciativas científicas soportadas por fondos privados.

En todo este tiempo me dediqué a aprender en áreas retadoras y con impacto directo en la salud, como el cáncer de próstata y pulmón, las metástasis y su diseminación o los procesos autoinmunes. Pero también trabajé en biotecnología vegetal, en el estudios de animales en peligro de extinción, en biodiversidad, en biología celular básica y, más recientemente, en neurociencia. Los científicos lo somos no solo por pasión, sino por educación. Estamos entrenados en usar herramientas específicas de amplio espectro que nos permiten enfrentarnos a problemas retadores y siempre me interesó hacer uso de este conocimiento en toda su extensión.

A lo largo de mi carrera he aprendido a trabajar desde la complejidad y ese trabajo se ha facilitado enormemente con el aumento de la capacidad informática y con el desarrollo de la inteligencia artificial, área en la que he descubierto una nueva pasión y en la que también me estoy formando.

Y ahora, me embarco en este apasionante proyecto: Ever3, que surge como una startup tecnológica, enfocada en ayudar a las empresas e instituciones a mejorar, porque cuando esto sucede toda la sociedad avanza. Las empresas son clave para nuestro bienestar y ellas saben que, a su vez, sus trabajadores son su principal activo. Conocer este ecosistema y brindar herramientas que apoyen su cultivo están en la base de Ever3. Y haciendo uso de tecnologías punteras como la inteligencia artificial estoy seguro de que el resultado será un éxito para todas las partes. Podría seguir nombrando beneficios, pero siempre es mejor que los conozcas por ti mismo, ¿hablamos?